RELIQUIAS DE TRAPO (Relatos, 1972). Caracas. Monte Avila Editores. (Colección Donaire). 192 páginas. Código de Catálogo: 0376. Primer Premio en el Concurso Interamericano de Cuento del INCIBA (Caracas, 1971), por el relato Psicodelia. Esta colección de 14 narraciones, ambientadas en la universidad durante la llamada DÉcada Violenta, de los años sesenta, constituye una exploración de la realidad en la que el lenguaje toma parte activa. Incluidos en numerosas antologías y traducidos a varios idiomas, estos relatos han dado origen a trabajos críticos, y entrevistas a la autora.

FRAGMENTOS

—"¡Los retrato a todos! Espejito clase media, mierdita sentimental. Me tengo completo. HÉroe total de mi tiempo, ¿A que no saben quiÉn soy? ¿Éste micifuz de plumas azules que juega ajedrez? ¿Ése que siempre se salva en la raya? ¿El chiflado que se cortó el bigote, se pintó el pelo y se puso una pata de palo para vacilar? ¿Aquel universitario fabricante de vidas? ¿Éste atleta arrodillado en la sombra? ¿Ése que dice que posee el taquito para colocar en el centro? ¿Aquella mariposa comunista que dejó quemar y no se rajó? ¿El macho abstemio de mirada vacía? ¿Éste cow—boy arrecho sin causa ni lugar? ¿QuÉ hacemos todos aquí escupiendo mentiras?

El rumor se atenúa. ¿Es posible que ninguno de ustedes tenga responsabilidades? Noche de catacumbas. ¡El rito de la lujuria! Algo se quema. ¡Delirium Tremens! Quiero besar el aire... EscurriÉndose por entre los biombos colgantes, braceando, tratando de rescatar su cabeza de los hilos de nylon, se fue alejando, Pájaro rayado, largando el plumero, callejón abajo...

Entra al Paprika a comprar cigarrillos. Allí están las Enanas, alrededor de la mesa grande, windola hacia la calle, con un hippy cola de caballo, una flaca que hablababa de los desniveles sociales. Y la más enana: eso es inevitable en un país subdesarrollado como el nuestro. En los países socialistas la cosa cambia porque... No hablemos tantas güevonadas, mejor nos vamos a bailar al Diabolo, la discoteca más In de caracas, donde se reúnen los episóficos, dijo uno de los congregados. Y el juego de luces es del carajo, agregó otro.

Sin cruzar palabra, apenas le había sonreído a la menos enana que estaba calladita escuchando Honey, los siguió... La luna blanqueaba las copas de los árboles y un vientecito suave, le espelucaba las mechas. Barandas mandarina -acrílica— fosforescentes desembocan en la Plaza Venezuela. Bosque de neón. Paisaje lunar con cráteres polícromos. El pueblo de Pedro Páramo a la una de la madrugada, los muertos extendidos sobre las islas de grama, duermen, juegan dominó, comen perros calientes con agua mineral..." (Pp: 52—54).

La mira, la toca, sonríe Reflejo de Babinsky. Se siente en forma. La diferencia está en los objetivos. Si se pudiera pintar el miedo... La carne en movimiento. ¿QuÉ esfinge de cemento y aluminio les rompió el cráneo y se comió los sesos y la imaginación? Sobre la mesa de noche, un manual de entrenamiento para perros. El abstracto infinito. Cada centímetro del cuarto es una voz sofocada; una aureola en llamas; la tetera de un anacoreta; las señas digitales de Marx y Lenin. Permutaciones en rojo y negro. La marca de un Hombre. La huella en la arena de un loco que camina... (Pp. 58—61). Fragmentos tomados de: "Psicodelia"
(Relato ganador del Premio Interamericano de Cuento del INCIBA, 1971).

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Sube corriendo las escaleras, de dos en dos, de tres en tres, los escalones. Llega jadeante. Entra al cuarto. Deja la cartera y los libros sobre la cómoda. Los brazos le cuelgan como trapos abandonados. Se desploma sobre la cama. Se levanta. Quita el tendido blanco, peludo con dos rayas azules y una color fresa. El pelo de camello pica y da calor, piensa. Se desploma otra vez. Va entrando en ese estado de relax presómnico.

Debería escribir esta noche. Aún no tiene sueño. Debería escribir esa carta. Debería escribir, debería acomodar el cuarto, debería poner en orden los papeles, las ropas; debería contestar esa carta en papel rosado, con florecitas amarillas y hojitas verdes en las esquinas y llevarla al correo... Resulta que es urgente que escriba esa carta, pero sólo quiere dormir. No, no quiere dormir, quiere escribir, debe escribir, pero tiene sueño. Dormirá. No, volverá a la primera decisión, escribirá la carta... siente que se duerme. Los ojos de Alberto la persiguen ahora clavándosele en la piel, aguijoneándola, atravesándole la carne...

Sí. es necesario, improrrogable escribir esa carta ahora mismo. }resulta difícil aceptar la realidad de esa huella pulpo, oblicua, tangencial... Escribirá la carta en papel rosado pero no le dirá nada. Sólo Gracias, muchas gracias por el regalo. Quiere dormir. Quiere escribir, dormir, escribir, dormir, escribir... Siente que los ojos se le cierran. Siente que se hunde. Es una inmersión divina. Tal vez sea esa over—dose por la que siempre había esperado. No. Es un experimento, un simple experimento. No. es el down, el down. No estirará el brazo para alcanzar el telÉfono. No llamará a nadie. Es maravilloso. Se dejará hundir, hundir... Las visiones son fantásticas. Un oleaje infinito de olas mínimas, blanquísimas, espumosas, chisporreantes.

Es el down, sí, el down. Ahora es un pobre navío arrastrado por las olas que crecen, se alzan, se encrespan, se hinchan, se yerguen desmelenadas, esas horribles cabezas adornadas con perlas. La bola de cristal lo predijo: sería un viaje muy largo, un gran viaje hiperbólico que no parará más. Siente que se hunde. El margen se estrecha. Su cabeza desgreñada, emprende una frenÉtica carrera por la playa, las demás figuras la persiguen, casi la alcanzan; ella se sumerge, toca fondo. Trata de incorporarse. El espejo en la pared frente a la cama, le devuelve una imagen pálida, desencajada. Se tiende otra vez. Mira de reojo las pastillas sobre la mesilla: aspirinas, fatiga; bencedrina, hastío; plexonal, náusea; plexonal, plexonal, plexonal...

Tomará las pastillas. Escribirá la carta en ese bello papel rosado y despuÉs dormirá. Los ojos le pesan. Siente que se duerme pero no quiere rendirse. Escribirá la carta y ya habrá tiempo para llegar a la clínica donde le lavarán el estómago ¿y despuÉs? DespuÉs viajará a Nueva York. ¡Ah, Nueva York! La terraza nevada solitaria y el árbol de navidad adornado... Los ojos se le cierran. Los abre. Se cierran de nuevo, pesados, baldados, plomeados... No quiere perderse, huir, partir, dejarlo todo, morir. Se resiste, no quiere morir. Un último esfuerzo y un grito de horror atraviesa las paredes. Se resiste. No quiere morir... Ahora recuerda que el mÉdico contaba con ella: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos... y se durmió con un sueño rosado, vacuo, de máquina desenchufada..." (Pp. 95—99).
Fragmentos tomados de: "El Down".
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