OJO DE PEZ (Novela, 1990). Caracas. Editorial Planeta. 184 páginas. Esta segunda novela de Antonieta Madrid ha sido considerada por la crítica como una obra de estructura compleja y original. Por la presentación de un discurso polisémico, sincrético y caleidoscópico, ha dado origen a numerosos trabajos críticos, entrevistas a la autora y tesis de grado y postgrado, en Venezuela y en el exterior. En 1984, todavía inédita, obtuvo el Premio Único en la Bienal de Literatura José Rafael Pocaterra y en 1991 fue finalista en el Concurso Internacional de Novela Rómulo Gallegos.
Opinión: "Un texto delicioso, barroco, casi manierista, cargado de significaciones... En Ojo de Pez se trata de una novela de arquitectura modular y permutativa cuya verdadera forma se va construyendo en el proceso mismo de la escritura...". Denzil Romero. Revista "Bohemia" Caracas, Agosto 1990.
Opinión: "La estructura de la novela está asociada a la idea de una obra capaz de contemplar su propia creación... En todo caso, esta novela inscribe el signo de la reflexión y del cuestionamiento en su propia gestación... espacio donde el lenguaje se mira a sí mismo y el texto persigue la utopía de autoleerse, mientras se va revelando lo que en realidad es Ojo de Pez, una puesta en abismo..." Alicia Perdomo Hernández. "Ojo de pez, una Puesta en Abismo". Tesis de Maestría. Universidad Simón Bolívar. Caracas, 1992.
Opinión: "Ojo de Pez, saga familiar y novela de la memoria de una familia, que se construye por la línea femenina. Abuela, madre, nieta son matriuskas (muñecas rusas) que se contienen la una a la otra. La novela, construída también como una matriuska, contiene otra novela que se va escribiendo (...) Se abre aquí la reflexión metaficcional de la escritura... el ojo de pez de la cámara, que da título a la novela, el lenguaje fotográfico, el zoom que se abre, el lente, el obturador, aparecen como estrategias narrativas...". Luz Marina Rivas. Simposio de docentes e Investigadores de la Literatura Venezolana (SILVE), Universidad Católica Andrés Bello (UCAB. Caracas, 2003).

FRAGMENTOS:
—"¿Cómo diferenciar entre lo visto, lo leído y lo relatado?
¿Cómo distinguir entre lo vivido y lo sólo referido o imaginado?
Lo ví. Lo recuerdo. Pero si ni siquiera habías nacido. Pero si no estabas esta vez. Sí, pero lo ví. Sí, pero lo recuerdo. Soy ubicua. Intemporal. No tengo edad. Mi edad es la de la historia, la del caballero de la triste figura, la del gigante Caraculiambro, la de Aldonza Lorenzo.
Qué divino poder ser todo lo que una imagina. Soy todas las imágenes que desfilan por mi mente. Imágenes que se despliegan en el abanico de los días y me muestran, como en una panorámica, como en un granangular, lo que seré cuando pase el tiempo de mi carne, cuando, rota la cáscara del miedo, pueda lanzarme a campo traviesa, silenciosa, sin llamar la atención siquiera. Entonces, sólo entonces podré tomar lo que me corresponde en el festín...
...y seré fuego amarillo al galope. Seré todo lo que he presentido... Cuerpo adivino. Cuerpo predestinado. Cuerpo contenedor de vida. Cuerpo tatuado. Cuerpo inscrito..." (En: Granangular, pp 17—18)
*******

—"Miro los tres rostros fotografiados y no me dicen nada. Me resultan inexpresivos, crípticos, absurdos dentro de su prisión de cartulina. Hago un esfuerzo por situarme en el momento de la foto: Trato de recordar cómo era yo entonces, cómo eran Mamá y Abuela, y el rectángulo de papel me devuelve las tres miradas. Cada una en paz consigo misma. Cómo si no tuvieran nada pendiente...
Tú ya lo sabías todo de la vida. Lo tenías inscrito, grabado, en relieve como en una medalla. Hay seres—medalla y seres desdibujados como páginas en blanco. Destinos sintéticos, anaeróbicos, anafilácticos, de reacciones mecánicas y carentes de pulsión. Aunque te contradigas y defiendas los momentos de pasión, esos que marcan la vida, todo ya está previsto para ti... Llevas el pelo recortado en capas, semilargo. Se usaba así y te hacía lucir más moderna. Una chica—cósmica, adaptable, consubstanciada con la época. Tu vida disgregada como tu corte de pelo. Faltaba poco para tu viaje a Europa...
ELLA AL EXTREMO DERECHO DE LA FOTO. MIRA DE FRENTE, INCREÍBLEMENTE JOVEN PARA SU LUGAR EN LA ESCALA GENERACIONAL: ABUELA/MADRE/HIJA. L'AIR DU TEMPS. CHLOE. ALLIAGE... TRES GENERACIONES COMO EN LAS PROPAGANDAS DE BELLEZA. ESTEE LAUDER. NEW YORK—LONDON—PARIS. HIDRO—TONE PARA TODAS LAS PIELES. PARA TODAS LAS EDADES. THIS RARE COMBINATION OF RICH INGREDIENTS AND A LIGHTWEIGHT TEXTURE ABSORBS INSTANTLY...
Tres vidas congeladas. Entre la fotografía y lo fotografiado siempre queda un vacío que debe ser llenado por la imaginación, por la palabra. En este caso, por la palabra escrita, por la escritura y entonces la foto viene a representar esa parte única que sustituye al todo, condenado a la desaparición, al desperdicio, al olvido. Es como si la foto se nos metiera por dentro y desalojara todas las imágenes de nuestro interior haciéndolas presentes sólo en el exterior..." (En: Moiré, pp. 128—129)
*******

—"Trayectoria luminosa de la familia tipo para un mundo feliz. Foto que registra un regreso. Varios retornos. Regresos ampliados, felices y fotografiados con fuentes de luz móvil de una apariencia sorprendentemente normal. Pero siempre las cosas pueden resultar excepcionales.
Lo único cierto es que regresamos. Soy otra. Un día sábado en el jardín de la casa. Volvimos con abuela de nuestras larguísimas vacaciones entre Santa Inés, Jutrillo y Varcajal. Digo larguísimas porque siento como si mediara un espacio infinito de tiempo (tiempo y espacio aunados en una categoría única), entre la niña que salió de la casa y la mujer que regresó.
Allí se quedó algo muy precioso de mi vida, entre árboles, nubes, pájaros y viento, cañadas y peñascos, flotando sobre un manto de tul, de un blanco esmerilado, cuasitransparente, sobre los floridos campos de Santa Inés. Allí quedaron mis gritos ahogados en la infinitamente larga calle de Varcajal; las náuseas reprimidas en la ranchera, camino a Jutrillo; las lágrimas derramadas al pie del mango mientras enterrábamos a Hades, una tarde dorada, entre los ataques de mamá Ina y las extravagancias de Las Tres Gracias, entre floreros, cortinas, muebles viejos y niños crueles; ferreterías como tiendas encantadas en medio del bosque, camino a casa. Con tanto libro raro y lámparas remendadas, con toda aquella imaginería, se fue un tiempo irreversible, un momento grave, una instancia perdida.
A mi regreso, al traspasar el umbral de la casa de abuela en La Floresta, tuve la certeza de que era otra persona la que entraba, preparada para otros rituales hasta ese momento desconocidos. Estuve más convencida cuando me miré en la inmensa luna del pequeño salón al entrar. Extrañada, me detuve ante el espejo y pude contemplar una persona desconocida que me miraba extraviada, estática. Bluyins y camisa a rayas blancas y rojas, chaleco capitoneado de florecitas multicolores fondo rojo, zapatos de tenis y bolso folk al hombro. Sin duda, había sufrido un estirón anormal junto a otros cambios, ya anunciados antes del viaje, notorios ahora, cuando retomaba la imagen abandonada, casi olvidada a causa de las distracciones sin fin de los últimos meses." (En: Luminograma, pp. 142—143).
*******